Terry

Oh Terry Pratchett

Alberto Plumed

¿Cómo descubrí Mundodisco? Pues gracias a un señor bajito, rechoncho, calvo, aficionado a las novelas de Silver Kane y que no era otro que mi padre. Recuerdo estar con él hace unos 20 años en la madrileña Cuesta del Moyano, mirando los dos libros y de pronto oírle preguntarme si no estaba yo buscando algo de mitología egipcia. Me giré y vi que en su mano había un libro con una portada muy colorida y que llevaba por título “Piromides” y escrito por un tal Terry Pratchett, como no me vio muy convencido decidió que me lo regalaría. En ese momento no supo la puerta que abrió, porque a la semana siguiente ya estaba de vuelta en los puestos a buscar más libros de ese autor tan loco y de esa colección que tanto me gusto (Martínez Roca Gran Fantasy) y que me dio a conocer a otros autores como Holdstock, Moorcock, Tim Powers y muchos más.

Desde ese momento se inició mi relación con el genio inglés, a veces intensa y otras como el Guadiana. Pronto me hice con bastantes de los títulos publicados y no hacía más que enamorarme de Rincenwind, Maldito Bastardo, El Bibliotecario, LA MUERTE y todos sus extraños, carismáticos y absurdos personajes que pululaban por sus páginas y que constantemente lograban arrancarme una sonrisa cuando no una carcajada. También gracias a él conocí que la fantasía no es solo dragones, mujeres embutidas en escuetas prendas que siguen a mastodónticos barbaros, brujos malísimos y combates épicos. No, la fantasía también puede hablar de filosofía, reírse de la realidad, criticar la sociedad en la que vivimos y hacerlo mientras nos hace reír y lograr que un vagón entero del metro nos mire raro.

Pero como lector compulsivo, entraba y salía del Mundodisco por temporadas, así que tras épocas en las que le leía compulsivamente llegaban otras en las que no me acercaba a sus obras y vuelta a empezar el ciclo. Aún así sabia – y aún lo sé – que mi vida siempre estará ligada a Pratchett. Todavía tengo partidas atascadas en las videoaventuras que realizaron adaptando sus primeras novelas – sí pensáis que los videojuejuegos de hoy en día son difíciles, es que no habéis jugado a ellas – o me sigo riendo con sus diálogos en el Monkey Island o me quedo embobado con las estupendas adaptaciones que han realizado para la televisión de sus obras. Y durante la época que ejercí de librero uno de los autores que más recomendaba a todo aquel que se quería acercar a la literatura de fantasía – o que buscaran algo en la línea de Sin noticias de Gurb – era él, y casi siempre ofrecía “Piromides”. No sé, quizás lo hacía de manera inconsciente o porque quería que todos iniciaran el mismo viaje que había iniciado yo.

Por eso creo que no debo despedirme de Pratchett, porque sé que aunque ya no estará físicamente sí sé que me seguirá acompañando, que me alejare de él y volveré una y otra vez, que cuando me desatasque en sus juegos volveré a quedar varado, seguiré viendo sus adaptaciones, recomendando sus libros y cuando yo ya no esté aquí, me esperará al lado de EL para irnos de tabernas por Ankh-Morpok y molestar a la guardia, charlar con El Bibliotecario y sobre todo que me diga como pasar de pantalla.

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Puede que no fuese el mejor, pero era irreemplazable

 

María Valhallen

“Lo que no le gustaba de los héroes era que resultaban suicidamente sombríos cuando estaban sobrios, y homicidamente locos cuando se emborrachaban”, releía hace cosa de unas semanas en el tren, y la misma sonrisa que hace nueve años asomó en mis labios. La misma sonrisa que una noche de verano se convirtió en el incontenible canto del alma al que llamamos risa, para después estallar en una carcajada que hube de ahogar con la mano; y es que a horas intempestivas la risa puede ser chistada y penalizada con la visita de un progenitor al que hemos sacado de su sueño, impaciente por saber qué diablos hacemos despiertos a pocas horas de que píen los pájaros o en su defecto lo haga el despertador. Por si aquello llegaba a ocurrir, yo ya tenía preparada mi respuesta: “estoy leyendo a Terry Pratchett”; sabía, por supuesto, que decir tal cosa sería como hablarle en idioma desconocido a un ceño fruncido, pero el nombre de aquel escritor había quedado grabado en mi memoria como el Octavo hechizo en la de Rincewind.

Así fue como descubrí Mundodisco. Todo empieza con alguien que decide regalarte una puerta a un lugar que unas veces crees comprender, otras logra poner tu cerebro patas arriba y que el resto del tiempo es simplemente maravilloso. Hay gente que es así de generosa y sabe que el mejor regalo no es el más caro. También hay gente que no tasa bien las puertas, pero es algo que debemos agradecer, pues gracias a ellos viajar por senderos de palabras es asequible. Y sin duda lo que merece nuestra eterna gratitud es que existan personas a las que un buen día se les ocurre una idea alocadamente magnífica y deciden convertirla en una historia. Una historia que recorreremos una y otra vez para encontrar todo aquello que en nuestra primera visita estábamos demasiado obnubilados para apreciar.

Pratchett era una de esas personas, y es terrible hablar de él en pasado. Es terrible, porque había logrado hacernos creer que no podía morir; tal fue su contundencia al expresarlo cuando se conoció que aquejaba de Alzheimer prematuro allá por 2007. Y es que incluso enfermo, Pratchett rió y quiso contagiarnos su risa mientras la Gran Tortuga A’Tuin contemplaba fijamente el Destino y avanzaba inexorable hacia su encuentro. Mucho antes de eso, Agnes la Chalada había lanzado al mercado sus profecías gracias a la gran amistad que unía al autor británico del que hablo con su compatriota Neil Gaiman. Hablar de amistad en pasado es, por cierto, tan doloroso como decir adiós.

Terry Pratchett se marcha dejando tras de sí una prolífica colección de textos, de frases inolvidables, de momentos que podremos revivir cada vez que nos decidamos a hacerles una visita allá en las páginas. Se marcha mientras nosotros lloramos la pérdida del hombre que escribió fantasía para abrirnos los ojos, pues como dijo en El Segador, “los vivos eran los que no se daban cuenta de que sucedían cosas extrañas y maravillosas, porque la vida estaba demasiado llena de cosas aburridas y mundanas.”
Descanse en paz, maestro, pero nunca se marche del todo. Porque con usted aquí, “HASTA LA INCERTIDUMBRE ES INCIERTA. Y NI SIQUIERA ESTOY SEGURO DE ESO”.

Doctorado en hacer reír

Doctorado en hacer reír

Jesus Lleonart

Es un día muy triste el de hoy. Sir Terry Pratchett ha comprobado si La Muerte realmente es como él la creó.
Hoy nos ha dejado un brillante escritor, el hombre que nos obliga (y lo seguirá haciendo) a parar de leer sus libros para reír. El que consigue que la gente te mire y piense de ti que eres “un loco se que se ríe a carcajadas con un libro”. El hombre que entendió comprendió que para hacer sátira de las novelas de fanfasía tienes que hacer, precisamente, una gran novela fantástica.
Hoy el Gran A’tuin volará derramando lágrimas por el cosmos, que se incrustarán en su caparazón dando lugar a trísteres cráteres. Rincewind posiblemente vea con el rabillo del ojo a un hombre de barba y sombrero, mientras corre huyendo de su sombra. Pero no se parará, claro, si no, ¿por qué iba a estar corriendo? El Equipaje, sí se detendrá un momento y lo sentirá en cada fibra de madera de peral sabio de su ser. Quizá el Bibliotecario no diga “Ook”, hoy, quizá diga “Ooh”. Yaya Ceravieja ya lo sabría, cosas de la cabezología. Tata Ogg se lo estará contando a su Jason y para entonces ya lo sabrá todo el mundo.

También habrá tenido lugar esta conversación:
NI SIQUIERA YO QUERÍA QUE LLEGARA ESTE DIA.
-Tú por aquí, mala señal.
MALA SEÑAL PARA MI, AMIGO.
-Te hice más alto.
YO TE HACÍA MAS VIVO.
-Ahí me has cogido.
CREEME, NO QUERRÍA HABERLO HECHO.

Terry es ahora un contertulio más en las discusiones que tienen lugar en el claustro de la Universidad Invisible; aportará su granito de arena en materias tales como la “incontestable supremacía del queso gruyere” o “mermeladas que no deben tomarse pasada la hora del almuerzo”, paseará, y será robado (en el respetable porcentaje establecido por el Gremio de Ladrones), por las calles de Ankh-Morpork.

Y a nosotros, aquí nos has dejado a todos, tristes, con el recuerdo de tu humor para hacernos sonreír entre las lágrimas y el legado de tus libros para recordarte eternamente.

Hasta siempre Terry Pratchett, hasta la próxima.

MUERTE lo reclamó

MUERTE lo reclamó

Istel

Descubrí a Pratchett por un amigo con el que por circunstancias de la vida ya no tengo relación, pero siempre le estaré agradecido por haberme presentado a Pratchett. Cuando nos conocimos ya era mayor, estaba muy metida en todo el tema de la fantasía y coqueteaba con la ciencia ficción. “Tenemos que leer a Pratchett” me dijo mi amigo el protofriqui (por aquel entonces aún éramos proyectos de friquis). Y nos compramos cinco o seis libros de Mundodisco. Volvimos un mes después a por más, y después a por más. Acabé vomitando Pratchett en una esquina, muerta de risa. Paré de leer a Pratchett, encontré Buenos Presagios. No recuerdo dónde, no recuerdo cuándo, solo recuerdo que me enamoré aún más y volví a leer a Pratchett.

Aún no he terminado de leer todo lo que quiero de él. No solo porque me falta algún libro – disculpen, soy joven – si no porque quiero releerme muchos más. El país del fin del mundo consiguió que me mirasen como una loca en el metro por primera vez. No pude evitar reírme al ir de viaje con mis abuelas y sentirme dentro de Brujas de Viaje. No he vuelto a ver igual el cine desde que leí Imágenes en acción. Papá Nöel no existe y solo está Papá Puerco.

Pensé que esto iba a ser fácil, Terry Pratchett ha estado tan presente en mi vida que supuse que me resultaría sencillo verle irse. Era algo que sabíamos que iba a ocurrir. Yo ya había visto Choosing To Die, el documental que protagonizó en 2011 sobre la eutanasia activa, el suicidio asistido o como lo queráis llamar. Terry tenía Alzheimer y no puedo imaginar algo peor para alguien como él que perder su identidad y dejar de ser el genial escritor de fantasía que ha sido. Aún así el mazazo fue duro. Estaba en el trabajo, corriendo de un lado para otro y miré el whatsapp, un querido amigo me escribió “Auch… No. Pratchett”, eso fue todo. Fui al cuarto de enfermería a desahogarme mientras mi mente gritaba un NOOOOOOOOO como el de Luke cuando descubre que Darth Vader es su padre. Me quedé helada. No es que sea mi padre en esto de leer, pero era mi tío más querido. Ese que cada vez que lo ves, sabes que te lo vas a pasar bien, el familiar guay con el que te estarías el día entero. Me educó a su manera, haciéndome ver que no todo tenía que ser serio, que la fantasía podía tener cosas totalmente ciertas y plausibles y divertidas y actuales. Se fue y de repente desapareció el color de la magia – octarino – y ya no podía ver nada igual.

Por suerte Terry era un escritor generoso y nos ha dejado un gran legado. Aún nos quedan cosas que leer, que releer, que descubrir… Leerle era un placer y os aseguro que seguirá siéndolo aunque se haya ido así que no desesperéis, Muerte se lo ha llevado por fin, pero no olvidemos que eso es un premio, no un castigo. Pratchett nos dejó su obra

TODAS LAS COSAS QUE SON, SON NUESTRAS. PERO TIENEN QUE IMPORTARNOS. PORQUE, SI NO NOS IMPORTA NADA, NO EXISTIMOS. Y SI NOSOTROS NO EXISTIMOS, NO QUEDA NADA MÁS QUE EL OLVIDO, EL FIN CIEGO. (…) SEÑOR, ¿QUÉ PUEDE ESPERAR LA COSECHA SINO IMPORTARLE AL SEGADOR?

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