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‘Ex Machina’. Un test superado con nota.

Alan Turing, cuyo nombre ha vuelto a saltar a la primera página gracias a la película protagonizada por Benedict Cumberbatch, diseñó en la década de los 50  un método para determinar si una máquina puede “pensar”. Es el conocido Test de Turing. Es una simulación basada en la imitación en la que intervienen tres personas, un interrogador, un hombre y una mujer. Estando el interrogador separado de hombre y mujer, sólo puede comunicarse con ellos en un lenguaje que éstos entiendan, para que así, este interrogador pueda saber quién es el hombre y quién la mujer; mientras, hombre y mujer deben afanarse en convencer al interrogador de que ambos son mujeres. Turing simplemente sustituyó uno de los dos “jugadores” por un ordenador, que puede reemplazar al hombre, o a la mujer. Turing quiere que el interrogador averigüe cuál de ellos dos es la máquina.

Esta estructura triangular se nos presenta en Ex Machina desde el principio como pilar sobre el que se sustenta la narración. Por un lado, Nathan diseñador de una Inteligencia Artificial (IA) totalmente funcional y operativa. Por otro, Ava, el prototipo de IA sometido al examen y la investigación de, por último, Caleb, el interrogador. Pero la mayor virtud narrativa de toda la película es, sin ninguna duda, la fungibilidad de los papeles. Pensemos en una linterna, que desprende un halo de luz triangular formando así un triángulo de tres vértices, Nathan, Ava y Caleb. Las posiciones de cada uno equivalen a los ángulos del triángulo. ¿Pero no hemos dicho que es una linterna? El ángulo de donde la luz nace, la linterna, es Ava; y como tal gira a un lado o a otro a su libre voluntad para que Nathan y Caleb, y el propio espectador que se identifica con Caleb, sean a veces interrogadores y a veces interrogados.

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Nathan es un genio egocéntrico, millonario, creído… es un personaje arquetípico, claro. Todos los rasgos están exagerados, como por ejemplo lo están también en Tony Stark, pero tiene uno que sobresale por encima de los demás: la opacidad. Él ha creado la inteligencia artificial, diseñó a los 13 años el mayor motor de búsqueda de nuestro tiempo, tiene la capacidad de hacer, construir y crear lo que le venga en gana. Se siente Dios, se cree Mozart y por tanto, es amo y señor en su castillo (una, todo sea dicho, maravillosa mansión en mitad de un edén paradisíaco; al fin y al cabo, él es Dios y ha creado a Ava). Su opacidad te hace sospechar inmediatamente de la posible oscuridad de sus intenciones, de que su brillante mente vaya más allá de la tuya, espectador, y de la de Caleb, el protagonista. No te fías, desde el primer minuto.

Ava, sin embargo, es la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, es impactante. Te deja estupefacto, boquiabierto y con dolor de cuello. Es bonita, mucho. Interactiva y atractiva al mismo tiempo. Es un anzuelo lanzado al público para contribuir a la oscuridad de Nathan. Ava ha sido creada en un entorno cerrado, no conoce más que su propia habitación, pero al mismo tiempo sabe más de nosotros que nadie porque su software no es otro que el motor de búsqueda más potente del mundo. Imaginad una máquina que tuviera constantemente a Google en su disposición, con la capacidad de acceder, procesar y transmitir cualquier cosa que nosotros hayamos compartido. Es un paso más allá en la historia de la evolución. Pero, la evolución… ¿humana? ¿Qué papel juega la IA en nuestra evolución? Puede ser un paso al frente, para avanzar con nosotros. O puede ser el tajo definitivo que nos deje atrás, en el camino, moribundos, como hizo el homo sapiens con su predecesor. Esa disyuntiva, también está presente en la película.

Y por último tenemos a Caleb. El programador, un currante, de la empresa de Nathan, que por un sorteo es elegido aleatoriamente como interrogador encargado de evaluar la verdadera inteligencia de Ava. Un chico tímido, inteligente y sencillo. Nada ostentoso. Enamoradizo. Curioso. Nosotros. Caleb es el espectador. Caleb representa nuestra postura ante la situación que nos plantea la película, hace exactamente lo que haríamos nosotros, en todo momento. Hasta el final.

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La sexualidad juega una parte vital en el transcurso de la película. Se nos presenta en primer lugar como algo natural que surge entre dos sujetos, uno humano, Caleb, y otro artificial, Ava, que interactúan. Pero como en la vida misma, la sexualidad es más compleja. Ha sido, es y será sustento de la perpetuación de la especie; pero también es una forma de obtener placer, de expresar sentimientos… de alcanzar cosas. Es un arma, un recurso, una estrategia. Vosotros lo sabéis, y yo también. ¿Y Ava? Ava coquetea con Caleb. Corrijo, Ava coquetea contigo, espectador. Te mira, te seduce, te atrae y te lleva a su terreno. Pero… es una máquina. Y Nathan, como un auténtico voyeur, te advierte, de que no es más que un prototipo. Que ni siquiera es la primera, no es la Eva de Adán, es Ava y es la versión 9.6, ni la primera, ni la última. Pero claro, Nathan es oscuro y opaco y Ava no. Y a ti te encanta.

En Ex Machina se desdibujan los contornos de las líneas que separan dos entes contrapuestos: la que diferencia entre dioses y hombres, y la que lo hace entre hombres y máquinas. Profundiza también en la relación entre ellos. No todos los creados aman al creador, seas hombre o seas máquina. No todos los creadores son benévolos por naturaleza, seas dios o seas hombre.

No quiero profundizar más en el arco argumental porque Ex Machina es una película que no podéis dejar de ver. Y tenéis que hacerlo, como imperativo categórico. Supone un giro novedoso al tratamiento de la inteligencia artificial. Similar en muchos sentidos al que ya le dio Philip K. Dick en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”. De hecho, Ex Machina bebe mucho del Maestro Dick y de su obra,  pero su enfoque es diferente. Los amantes de la ciencia ficción venimos reclamando desde hace mucho aire fresco en el género, no solo el literario, también el cinematográfico. Ya dice Miquel Barceló que en una sociedad que tecnológicamente ha evolucionado tanto en las últimas décadas resulta más fácil evadirse en el mundo medieval (Canción de Hielo y Fuego es el ejemplo más claro) que adentrarse en las profundidades y alternativas de la ciencia ficción, que atreverse con algo nuevo. Pues Ex Machina es diferente, y eso se agradece.

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Alex Garland, director y guionista, ha prescindido de grandes nombres para la base interpretativa. No hay un George Clooney o un Brad Pitt que desequilibre la estructura triangular que antes os comentaba y que es tan importante en el desarrollo argumental. Pero ha escogido a tres de los actores con mayor proyección de Hollywood. Domhnall Gleeson, a quien vimos en Harry Potter como un tímido Bill Weasley y que poco a poco, con una muy buena elección de papeles, está abriéndose un fantástico camino en el cine. Oscar Isaac, un actor de un talento impresionante en quien, poco a poco, se está confiando para que pase de los segundos planos que ocupaba en Drive, Robin Hood o Ágora, para recibir en sus hombros el peso del nombre, del cartel y de la fama. Los dos están llamados a ser el futuro de Hollywood y digo llamados literalmente, porque los dos forman parte del reparto de nuestra esperadísima Stars Wars VII.

Y Alicia Vikander merece un comentario aparte. Con solo 26 años, y tras haberse dado a conocer junto a Mads Mikkelsen en el cine danés (Un Asunto Real), y haber hecho una buena interpretación en ésta y en Anna Karenina, deja atrás el cine de época para brindarnos una majestuosa interpretación en Ex Machina. El futuro de Alicia no puede ser más prometedor. La veremos próximamente en The Man from U.N.C.L.E. o The Danish Girl, entre otras, compartiendo cartel en estos dos próximos años con Michael Fassbender, Eddie Redmayne, Christoph Waltz o Henry Cavill. Se lo ha ganado. Pronto otros tendrán que ganarse salir en sus películas, tiempo al tiempo.

Ex Machina es, como los títulos de crédito insinúan, una compleja tela de araña, en la que nos movemos libremente creyendo que somos libres de huir en cualquier momento. Una trampa maravillosamente tejida por un guión original merecedor de, por lo menos, una nominación al Oscar, una más que sólida interpretación, una muy buena fotografía y una fantástica dirección. Es una atracción fatal hacia una sensación de previsibilidad, una atracción irremediable, hacia ese anzuelo que está en el centro de la tela esperándonos, tentándonos. Que lo vemos tan apetecible, tan sencillo, tan cercano que nos lanzamos de lleno  a por él. Y cuando nos damos cuenta, no podemos movernos, Ex Machina, te ha atrapado en sus redes y al darte la vuelta descubres que hay una araña que mueve sus fauces y se acerca sabedora del festín. La pregunta es ¿quién es la araña?

Jesús Lleonart

Jesús Lleonart‘Ex Machina’. Un test superado con nota.

Comments

  1. Myriam

    Wow! Ya tengo ganas de verla un finde de lluvia y palomitas en casa 😉 Qué bien escribes!

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