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El Ministerio del Tiempo. Las claves de su exito

Cuando el veinticuatro de febrero del año pasado los espectadores se sentaron frente a su televisor, no esperaban ser testigos de la que probablemente es la serie española mejor valorada de los últimos años, El Ministerio del Tiempo. Sabían cual sería su temática, ya que los anuncios televisivos ya habían dejado varias pistas; también conocían que la historia iba a hacer acto de presencia e incluso que sería lo más importante de la trama. Lo que no pensaban —creo que ni los propios creadores de la serie— era que aquello se convertiría en un must see de proporciones épicas. Durante su retransmisión, Twitter se inundó de tuits que hacían referencia a lo que sucedía en pantalla y al término del capítulo todas las redes sociales bullían con lo que la gente había presenciado. Convertirse en trending topic nacional era el primer vaticinio de lo que le auguraba a la serie en un futuro no muy lejano. Porque sí, el primer capítulo de apertura fue bueno; tenía buenos protagonistas, una original trama, un mejor marco en el que moverse… Pero a los televidentes les tocó una fibra que les enganchó, y no sabían el por qué.

La serie se mueve como pez en el agua por las tramas históricas que todos hemos tenido ocasión de estudiar—por fortuna para unos, por desgracia para otros— y de las que tan buenos resultados han dado en las cadenas principales de televisión. Seriales como Tierra de lobos, Águila Roja o la tan bien valorada Isabel, han cosechado excelentes críticas entre los expertos, al menos durante las primeras temporadas. De hecho esta última, desde su comienzo hasta la actualidad, siempre ha tenido el beneplácito de la prensa especializada y de la audiencia —curioso que fuese creada por la misma cabeza pensante que la que nos tiene ocupados—.  Si hay algo de lo que España puede presumir, es de años de historia. No podemos olvidar que nuestro país fue en su momento —¿dónde habrá quedado aquello?—la mayor potencia imperial del mundo, por lo que sobre nuestra tierra se han sucedido decenas de acontecimientos de gran relevancia internacional. El caldo de cultivo que tenemos en nuestros libros es inabarcable y, a diferencia de otros países como Estados Unidos que siempre han sabido explotarla con mejor o peor acierto, nunca hemos sido capaces de sacarle el mejor partido. Hasta la propia meca del cine se atrevió a tomar uno de nuestros mas ilustres personajes y poner a Charlton Heston en su piel para recrear la vida y obra del considerado por muchos héroe español por definición: El Cid Campeador.

Pero, entonces, ¿qué tiene esta serie para que haya conseguido congregar a tanta masa social a las puertas de su ministerio? Podemos analizarlo desde varias vertientes —algo que ya se ha hecho—, pero sin tenerlas todas en cuenta a la vez no llegaremos a comprender el fenómeno en su plenitud.

Un pequeño momento de alegría antes de que se desaten los problemas

Un pequeño momento de alegría antes de que se desaten los problemas

Lo primero que hemos de considerar es la proliferación —y normalización, aunque es un termino que no me termina de gustar— de las obras de fantasía y ciencia ficción en nuestras estanterías, carteleras y parrillas televisivas, creando un caldo de cultivo en el que ya no solo el espectador «especializado» busca este tropo, sino que también el lego se acerca a nuevas series, llevado por el boca a boca o por anteriores experiencias. Aunque todo esto no sería posible sin la cada vez mejor factura que están demostrando muchas obras a nivel literario y visual. Y aquí quizás hemos de darle gracias a la tan odiada crisis.

¿Por qué? Sencillo. En el mercado pre-apocalipsis teníamos todo un tsunami de obras de distinto pelaje y calidad y se inundaban todos los aspectos de la cultura buscando simplemente ahogar a la competencia mediante la inexistencia de huecos. Eso nos llevó a más de una década de miasma, que provocó que muchos desconocedores del género se toparan con obras infumables y huyeran despavoridos de ellas sin volver la cabeza atrás. Con la crisis esto ha desaparecido, y aunque aun tenemos mucha morralla en las diferentes parrillas, también podemos afirmar que se está afinando mucho. Hoy día ninguna editorial, cadena o productora se atreve a hacer una gran inversión para que luego le salga el tiro por la culata, ya que el usuario —nosotros— busca cada vez más la calidad a la hora de gastar el poco dinero o tiempo del que dispone. Así que aquí tenemos la primera clave: la famosa desaceleración mundial ha hecho que se redescubra la calidad en ambos extremos de la cadena del ocio.

La culpa de ese redescubrimiento tiene un nombre, y es la segunda clave del éxito del Ministerio: HBO. Una cadena de pago —al estilo de nuestro extinto Canal+, pero con producción propia— que para sobrevivir al gran numero de canales que existen en Estados Unidos decidió apostar por la calidad y una manufactura más cercana al cine que a la televisión, tratando además al espectador como un adulto, alejándose de efectismos y culebrones, tratando de contar historias cercanas, pero siempre con calidad y sin buscar solo el entretenimiento per sé. Y gastando mucho más dinero, algo que, como veremos más adelante, sale más rentable que lo contrario.

Así nació la serie que —y esta es mi opinión— dio lugar a todo esto: Los Soprano. Nunca habíamos visto el mundo de la mafia tratado de tal manera en la pequeña pantalla; y en el cine, solo contados directores como Coppola, Scorsesse, De Palma y Cimino habían dado con la tecla. Contaban con guiones llenos de personajes tridimensionales, con sus luces, sus sombras y las miserias que todos sufrimos día a día. Sé que es una obra alejada del género en el que se mueve el Ministerio, pero su factura ha marcado a las demás. En la mayoría de las series anteriores —haciendo algunas excepciones como las míticas Canción triste de Hill Street o Lou Grant— teníamos protagonistas unidimensionales, que olvidaban de episodio en episodio lo que había sucedido. Y sobre todo era una serie con un final escrito desde el inicio, no una eterna que solo se vería abocada a cerrar por culpa de la audiencia. Y de ella nacieron obras tan geniales —que con el tiempo se convertirán en hitos a la altura de El Padrino, 2001: Una Odisea en el espacio, o La Ventana Indiscreta— como The Wire, House of Cards, Breaking Bad e incluso la fallida – con respecto a su final – Lost.

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Los Soprano. La serie que revolucionó todo

Con las dos claves mencionadas —HBO y Los Soprano— descubrimos la siguiente clave en España, porque en Estados Unidos es algo muy normal: la figura del Showrunner. ¿Y qué es esto? Ni más ni menos que el creador de la serie. Aunque durante el trasiego del rodaje gran parte de los guiones o de los capítulos no salgan de sus manos, mantiene las riendas de la serie y marca los tempos de la misma. Es él quien decide hacia donde se ha de dirigir y por donde ha de pasar para hacerlo. Este es el papel que Javier Olivares y su tristemente desaparecido hermano, Pablo, asumieron al lado de Marc Vigil, el director. ¿Y por qué es importante que esta figura se haya instalado en España? Sencillo: las cadenas no confían en sus productos. Así, a la mínima bajada de audiencia, optan por la estrategia de la gallina descabezada: correr como locos hasta caer muertos, pidiendo cambios en la línea establecida, llevando la serie a horarios inasumibles para sus seguidores y menos para los que quieran engancharse si les llegan buenas criticas o simplemente cancelándola. Otra opción es la de matarla de éxito, haciendo que dure hasta el infinito y agotarla por el camino mediante el cansancio del espectador y de los creadores de la serie. Ejemplos de ambos casos: el excesivo tiempo que se ha tirado en la nevera la segunda temporada de El chiringuito de Pepe, y que ha tardado en volver más de un año desde la finalización de su primera temporada. Esto ha provocado que sus seguidores se olviden de ella y que con total seguridad no funcione tan bien como al inicio, —de hecho ya se ha anunciado su cancelación— amén de haber introducido un montón de caras nuevas y famosas que alterarán todo lo anteriormente establecido. Ya en el lado de la explotación hasta la extenuación, tenemos a la añorada —en sus inicios— Farmacia de Guardia, con unas primeras temporadas verdaderamente inspiradas y que nos recordaban al mejor Berlanga. Por desgracia fue alargada en extremo, hasta convertirse en una ñoñería que cansaba hasta a los más fieles descerebrados.

Por tanto, el papel de Javier Olivares además del de crear los magníficos guiones, es el de tratar que nadie trastoque sus ideas, capeando las presiones de la cadena estatal por introducir cambios en busca de un espectro más amplio de audiencia. ¿Es necesario buscarlo? No, porque si ya tienes un proyecto de calidad y bien cuidado, este irá llegando. Además, parece que en este país no nos hemos dado cuenta de que el número de espectadores no lo es todo y que la calidad es algo que a la larga acaba redundando para bien en las cadenas de televisión: si sabemos que un canal cualquiera tiene dos o tres series que cumplen nuestras expectativas como televidentes, seguramente nos acercaremos más a ella y estaremos atentos a lo próximo que emitan y no huiremos de ella como algo de otras. Y mejor no entremos en el debate de la búsqueda de audiencia por parte de una cadena pagada por el estado y que por tanto ha de buscar más la excelencia que la cantidad de beneficios.

Olivares lo ha conseguido con creces, logrando que se programe una serie que parte de dos premisas poco tocadas por las productoras patrias: la ciencia ficción —un ligero toque, tampoco vayamos a pensar que esto es Doctor Who—  y la historia patria. Antes de hablar del uso de nuestro pasado, quiero hacer un pequeño inciso y recalcar una aclaración que Javier no se ha cansado en repetir: esta serie no es una versión hispana de la famosa serie de la BBC, sino una idea surgida de la lectura de la imprescindible Las Puertas de Anubis de Tim Powers y más cercana a —desconocida para los «no legos» por una horrible ubicación en las parrillas horarias— Torchwood que a la serie del dueño de la Tardis.

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Javier Olivares (centro) y Marc Vigil (derecha) charlan con Jorge Iván Arguiz (izquierda), durante el pasado Celsius 232

Javier y Pablo han sabido dotarle a la historia un empaque especial, con unos personajes perfectamente perfilados y un trasfondo histórico muy destacado. Además, los viajes en el tiempo siempre han sido un recurso que por regla general el telespectador ha acogido con cierto cariño, entendiendo las reglas de estos con bastante soltura a pesar de que existan incongruencias en estos viajes. Pero quizá, si hay algo que debemos destacar dentro de las virtudes de la serie, es la capacidad para conectar el tiempo pasado con el presente de los tes protagonistas. ¿Cómo? De la mejor manera posible. Recurriendo al humor. Pero no a ese humor tan español, tan facilón como el de algunas series y películas tipo Torrente o Gym Tony, humor absurdo, soez y obsceno. No. Los chascarrillos que emplean están centrados en nuestra propia historia, no solo en la que aparece en los libros. Historia televisiva, de la radio, deportiva… Cultura histórica y pop yendo de la mano. Cualquier tipo de referencia a temas que los personajes del pasado no puedan conocer y que sirvan para decirle al telespectador «sí, nosotros también nos hemos acordado de eso», valen, y lo que es mejor, funcionan.

Además, han sabido ganarse la confianza del público ochentero y lo saben muy bien. Películas como Regreso al futuro o Terminator, series como Curro Jiménez, o cantantes como Rosendo… Todo ello tiene cabida en la boca de sus personajes si la trama da pie a ello. Y no tienen miedo de usarlo, porque saben que si algo que el ochentero lleva bien es la autoparodia y la nostalgia. Sí, saberse de un colectivo que creció con las calcomanías de los chicles Cheiw, las cazadoras vaqueras con parches o los Bollicaos del recreo, es algo que nos encanta a la gente de los ochenta y, por alguna razón extraña, nos regodeamos cuando nos lo recuerdan. Aún así, no todo el mundo pertenece a esa generación, también la de los noventa y dos mil han sabido encontrarse con la serie y sentirse a gusto entre ellos de una forma curiosa. La razón de esto quizá sea por ese afán de sus guionistas de hacer referencias al presente y a las nuevas tecnologías, un tema que abordaremos también más adelante.

Además de todo esto, hay que comentar la capacidad de los diálogos para bajar la tensión de la trama con las referencias a los problemas del presente mediante pequeños comentarios y chistes. La corrupción, la pobre educación de nuestros jóvenes, el paro… Todo ello luce mejor en medio de una escena que conecta con el pasado o en una conversación relativa a Picasso o a Torquemada, que en medio de un bar con un tercio entre las manos. Y además lo hace si caer en la pesadez. No se recrean en ello, tampoco lo explotan hasta la saciedad. Simplemente lo sueltan y siguen con la narración.

No dejemos atrás el aspecto que más nos ha interesado de la serie —y que como amantes de la historia (algún que otro historiador hay en Fandomteca) hemos de aplaudir hasta dejarnos las manos en carne viva—, que no es otra cosa que el gran tabú de nuestra sociedad: la historia de España. Y no es que Javier sea nuevo en esto —ahí esta su magnifica Isabel y la algo fallida Carlos— ya que ha sabido usar esta baza de la manera más inteligente. Sabedor de que cualquier uso de determinados momentos históricos podrían desatar discusiones infinitas —muchas de ellas gobernadas por personas que no tienen conocimiento de ellas, pero que sí saben usarlas de manera torticera y partidista—, ha optado por centrarse en determinados acontecimientos poco conocidos y con los que podía jugar sin levantar ampollas —imaginarias en el 99% de las ocasiones—. Así, hemos podido asistir al «génesis» del Lazarillo, la llegada de El Guernika, la participación de Lope de Vega en la Armada Invencible, la visita de los jerarcas nazis – con Himmler a la cabeza – al Monasterio de Montserrat, etc… Momentos reales de nuestro pasado, que no resultan importantes a primera vista, pero que tras pasar por la pantalla se revisten de la importancia que sí poseen, porque ¿qué habría sido de nuestra cultura si Lope hubiera muerto en el fallido ataque de Felipe a la pérfida Albion? ¿Y si no hubiéramos recuperado la tela de Picasso y no se hubiera cerrado —en parte— la herida causada por su exilio? Y lo que es más importante, a través de estos sucesos la serie se permite dar verdaderas clases de historia y hacerlas de la mejor manera posible: divirtiendo.

Los creadores y parte del casting en la presentación de la segunda temporada

Los creadores y parte del casting en la presentación de la segunda temporada

Para ello, y esto no se lo terminaremos de agradecer nunca a sus creadores, se han servido de la creación —o recreación en muchos casos— de los personajes que nos llevan a viajar por las puertas al pasado. En parte, porque muchos de los ilustres históricos que aparecen solo sabemos de sus obras, y sin embargo su vida personal no es tan conocida para el público general. Es por eso que haciendo un perfecto ejercicio de clase de Historia, cogiendo determinados rasgos se han permitido jugar con ellos —sin desdibujarlos ni convertirlos en caricaturas de si mismos— y acercarlos a nuestros estándares actuales. Así, en vez de presentarnos al Lope que todos imaginábamos —inmerso en sus obras, peleando a muerte con Góngora y a «sueldo» del poder— se centran en su vida sentimental y nos lo presentan como un conquistador que usa su arte para llevarse a la cama a cualquier fémina que se le ponga a tiro.

Todo esto lo han sabido complementar con un ámbito que muchas cadenas —y periódicos, partidos políticos y muchos más— han despreciado: los fans y su opinión en las redes sociales. Así, a la vez que nosotros hacíamos comentarios en los foros de opinión digitales, ellos nos respondían, resolvían dudas e incluso —atentos, que esto es un hito en nuestra tierra— pedían disculpas por los errores que pudieran haber cometido — metiendo en el proceso alguna tolina a quien se pasaba de listo, como en el caso de los kleenex— que complementaban a la perfección otra clave de su éxito: el humor.

La serie nunca ha dejado de tener sus tramas serias e importantes —esas que nos han hecho esperar de uñas al siguiente capitulo—, pero se han sabido combinar a la perfección con momentos más distendidos, que si no nos llevaban a la carcajada sí que nos sacaban una sonrisa. Y no han sido explotados hasta la saciedad como por ejemplo la adaptación a nuestra tecnología y sociedad de Alonso y Amelia, y que solo han sido usados en momentos puntuales para crear valles entre las subidas de tensión. De nuevo un acierto por parte de los showrunners, al evitar caer en un efectismo fácil y que hubiera hastiado al espectador exigente a las primeras de cambio al convertir la serie en un chiste interminable. Las gracias son importantes, pero en su justa medida y dejan de ser alivios para convertirse en señas de identidad y trascienden al Olimpo de los momentos televisivos.

Otra de las razones por las que el Ministerio se ha llevado de calle a parte de la juventud española es su necesaria presencia en la redes sociales. No se han detenido solo en las ya más que conocidas Facebook o Twitter. No, han ido más allá, creando una transcendencia que abarca casi todos los medios posibles con un producto transmedia. A los ya mencionados hay que nombrar la cuenta privada en Instagram, a la que solo se puede entrar pidiendo el acceso y que a día de hoy tiene más de cuatro mil cuatrocientos seguidores. Desde esta temporada cuentan también con una webserie que protagonizará el personaje de Angustias y que se centrará en la vida de esta más allá de los sucesos dentro de las paredes del organismo estatal y un diario sonoro protagonizado por Julián del que ahora hablaremos. Ya la temporada pasada contaban con un evento muy original: todos los martes, tras la emisión del capítulo que tocase, los actores hacían acto de presencia en la página de TVE y junto a su presentadora Paloma G. Quirós contestan a las preguntas que los propios seguidores van dejando en la web. No penséis que esto queda aquí, porque ni mucho menos. Este año el actor Rodolfo Sancho no va a poder participar en muchos de los episodios de la serie, debido a la coincidencia con el rodaje de Mar de plástico en una de las cadenas privadas del país. Es por eso que le han concedido un espacio especial y en exclusiva llamado Tiempo de Valientes, en el que a modo de Podcast, Julián contará los pormenores de su nueva situación, permitiendo así que el personaje no se descuelgue de la trama —o pierda importancia respecto a sus compañeros— y aumentando así su presencia en diferentes medios.

Aaron Sorkin, el showrunner de referencia

Aaron Sorkin, el showrunner de referencia

Otra de las novedades interesantes para esta temporada será el capítulo en 3D y realidad virtual que podrán disfrutar todos los fans gracias al nuevo invento de los creadores de la serie. Como si de una excursión se tratase, estos podrán pasearse por el Ministerio mientras van contestando a diversas preguntas relacionadas con la historia y con la serie. Y todo con algo tan sencillo como una aplicación de móvil.

Como podéis ver, los creadores cuidan el movimiento fan como uno de los activos más importantes de la serie, y no como peleles sin cerebro a los que darle parte de la carnaza y dejarles ir. Saben que si este grupo está contento y ellos hacen su trabajo, la serie recibirá promoción automática a través de los comentarios en los foros, en los blogs, en las redes sociales… Y todo esto se verá reflejado en las audiencias de la serie. Pero también es necesario que ellos sigan entregando un producto de calidad. Porque de momento solo llevamos nueve episodios y esta misma noche se estrenará el décimo, el primero de la segunda temporada y el que abrirá las puertas a nuevas tramas y problemas a sus protagonistas. Si la calidad no se mantiene en su justa medida todo el equipo sabe que sus seguidores serán sinceros con ellos y les dirán lo que opinan sin ningún rubor.

Por lo que hemos visto en este estreno de temporada —algunos tuvimos la tremenda suerte de verlo antes en exclusiva gracias a las entradas que la productora y la cadena facilitaron a sus seguidores— la factura del nuevo capítulo mantiene la calidad —e incluso la supera— de lo ya emitido, y pone el listón muy alto de lo que está por llegar. El propio Olivares lo sabe, y en una reciente entrevista ya dejó entrever que si la cadena quiere seguir manteniendo ese nivel de calidad va a ser necesario que el presupuesto para la serie suba, porque se está estancando en sus escenarios y el público reclama nuevas localizaciones y mayores mecanismos de sorpresa. Y para esto, Don Dinero es quien tiene la llave del tiempo. Javier lo dejó muy claro: si la serie se atasca, se acabó. Pero al menos lo dejará en lo más alto.

Esa ilusión por seguir siendo lo mejor de la parrilla, por dejar al público que hable, por ser sinceros con lo que muestran, es lo que ha colocado al Ministerio del Tiempo donde está. Y todos nosotros se lo agradecemos porque lo ganamos en calidad y, con suerte —al menos en esta nueva temporada— cantidad de capítulos: de nueve de la primera hemos pasado a trece en esta segunda.

¿Seguirá la serie por estos caminos en su segunda temporada? A tenor de lo que el propio Olivares contó en el pasado Festival Celsius232 de Avilés, parece que sí, que ha logrado vencer las reticencias de Televisión Española y que esta se ha dado cuenta que le interesa más una serie que le dé el sello de cadena que apuesta por la calidad —risas enlatadas— que por la búsqueda de las audiencias al precio que sea.

 

Alberto Plumed y J.A. Campos (Toluuuu)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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