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Disforia, de David Jasso. Reseña

Hace algunos años, cuando caí en las redes de la literatura de terror patria, no conocía a ningún autor que compartiera mi mismo idioma. Tras todo este tiempo y un largo recorrido, he de decir que la mayoría de los más destacados escritores de terror que ha dado a luz nuestro país, han caído en mis manos al menos en una ocasión en forma de libro. Emilio Bueso, Jesús Cañadas, Rosa Montero, Alejandro Castroguer, Pilar Pedraza, Santiago Eximeno… si no con una novela, ha sido con algún relato y en la mayoría de ocasiones el regusto experimentado tras su lectura ha sido cuanto menos satisfactorio.

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Sin embargo, y por esos dichosos azares del destino, aún no había disfrutado de la obra de un creador de la talla de David Jasso. Y mira que sabía de su trabajo y de su calidad gracias a otros compañeros de reseñas y por comentarios de amigos seguidores del género, pero nunca se había dado la ocasión. Es por eso que aquí y ahora vamos a poner remedio a eso con Disforia, la última novela del zaragozano y editada por Valdemar en su colección Insomnia. Pero primero y como siempre, sinopsis:

La sociedad arrastra una crisis económica y de valores que parece irreversible. Esther y Tomás, un matrimonio joven con serios problemas laborales, deciden pasar un último fin de semana, junto con su hija de dos años Say, en el apartamento de montaña que compraron en tiempos mejores y que ahora necesitan vender. En plena tormenta de nieve, alguien llama a su puerta y comienza la pesadilla. Veinticuatro horas de terror extremo, en las que deberán luchar para sobrevivir. En su huida, la situación se complicará aún más y se verán obligados a enfrentarse a sus miedos más profundos y ancestrales. Porque, además, alguien que se desplaza entre las sombras les acompaña en su viaje sin retorno.

Disforia es una historia claustrofóbica y aterradora que te dejará sin aliento. El autor de La silla nos sorprende con su nueva novela, una obra aún más terrible y agobiante. Una lucha desesperada por la supervivencia y la cordura. Un viaje al terror más intenso y perturbador, del que no siempre se puede regresar. Una historia que te atenaza y te obliga a traspasar los límites de la razón.

David tiene algo que, no sé cómo explicarlo, le hace diferente al resto. Su forma de narrar no necesita de frases rimbombantes ni descripciones kilométricas para poder traspasar al lector —espectador— las sensaciones que en cada momento de la lectura están sufriendo sus personajes. Y no le hacen falta porque con pocas palabras te llega al alma, te encoge el corazón o te saca una sonrisa. Así es su narrativa. «Te impregna», que me dijo una vez un conocido escritor compañero de género. Pocas veces me he encontrado con un creador con tanta destreza a la hora de hacer malabarismos con las palabras. Y quizá esto es lo que ha hecho que la lectura de Disforia se haya convertido en una de mis preferidas de los últimos meses.

Al principio, la trama nos transporta a una época algo adelantada a nuestro tiempo actual —o quizá no—, en la que la crisis económica se ha acentuado tanto que los saqueos, la delincuencia y la locura, campan a sus anchas por nuestra sociedad como un gato callejero por entre las sombras de un edificio abandonado. Son tiempos grises, sucios y violentos, en los que los ricos aún siguen apoltronados en su confortable cojín de seda y los pobres, aún más pobres, se han bajado de su silla de la —falsa— clase media y han ocupado las calles con sus súplicas y protestas. La policía ya no ejerce su autoridad, simplemente asiste como testigo mudo de la locura que les ha tocado presenciar.

Entre toda esta espiral de desesperación, nos encontramos con nuestro grupo protagonista. Una familia que podría ser la nuestra: simple, del montón, que lucha como cualquier otra por mantener lo que todavía posee y sobre todo, por sacar adelante a la preciosidad que tienen como hija. Aquí radica quizá la parte más importante de la novela. Jasso hace un ejercicio de perfilado enorme —aunque con una sencillez que abruma— con estos personajes, ya que con tres pinceladas consigue que el lector empatice con ellos, ya no por su bondad o por su cercanía, sino por sus debilidades y defectos. Un matrimonio cualquiera, inmerso en sus luchas personales, en sus miserias, que a veces se ama y otras se odia, en definitiva: un matrimonio real y creíble.

Cuando irrumpen en la trama la otra mitad de los protagonistas es cuando David destapa la caja de las esencias y nos deleita con un invitado tremendo que fascinará y repugnará a partes iguales durante toda la trama. El odio visceral que siente uno mientras lee a Nolasco cuando entra en acción, es similar al que sufrimos al escuchar en las noticias las últimas barbaridades llevadas a cabo por los yihadistas de ISIS o por las de algún pederasta recién detenido. Sus momentos de crueldad contrastan con otros en los que su dulzura, su sensibilidad o su empatía con la familia te saca por completo de tus casillas, ya que la lógica parece haberse escapado del seso de este tipo. Frío, calculador, directo, a veces cortante… tiene todas las características necesarias para llevarse todo el protagonismo de cada una de sus escenas. Su manera de cambiar el registro, pasando de un arrebato de furia a otro de tremenda lucidez, sin cambiar su semblante. Esas dos caras de una misma moneda eran lo que más me incomodaba del personaje.

No quiero olvidarme tampoco de Say, la hija del matrimonio protagonista. Y no quiero hacerlo porque su inclusión en la historia no está metida con calzador. No toma decisiones estúpidas porque sí, y si lo hace, es solo porque Jasso la ha dotado de algo que muchos autores no son capaces de plasmar en sus novelas: inocencia. No esa inocencia del niño que es engañado por un adulto con un simple caramelo; no. El autor nos muestra sus pensamientos, su manera de recabar información, de percibir el mundo que la rodea. La calidez de una manta, la dificultad del mecanismo de un picaporte, las consecuencias de unas palabras en un mal momento. Y lo vemos porque las distintas voces de la narración nos ayudan a meternos de una manera más directa —a veces casi intrusiva— en la psique de los personajes.

He de remarcar que si hay algo que me ha sorprendido a la vez que encandilado de la novela, es el tema de la narración. Como acabo de comentar, hay momentos en los que esta toma el rol del narrador omnisciente y nos cuenta de manera pormenorizada todo lo que les va sucediendo a los personajes. Sin embargo, al pasar de capítulo, el narrador rompe la cuarta pared y te habla, haciéndote formar parte de la historia, llevándote de paseo por la escena, deteniéndola y acelerándola a su gusto. Pese a que en un principio es algo lioso —al menos para aquellos que no estén acostumbrados a estos efectos literarios— una vez entras en el juego, deseas a cada página leída que el narrador te pida caminar a su lado para poder ser partícipe de lo que ocurra. Gracias a este recurso, David es capaz de dilatar una escena que sucede en un parpadeo, estirándola por unos minutos como si detuviese el tiempo. Sucesos que duran unos segundos, pueden alargarse varias páginas gracias a la destreza del autor, no por ello expandiendo de forma innecesaria la trama.

Aunque la portada de la novela —del siempre visual Daniel Expósito— muestra una escena que es un gran spoiler, he de decir que quizá engaña un poco al lector con ese gran tronco, célula o vetetúasaberquélecheseseso del primer plano, en el que un hombre se encuentra encaramado, acompañado del coche accidentado y la niña de espaldas en primer plano. Me encanta su composición y su profundidad, pero habría prescindido de algún que otro elemento.

Para terminar, decir que toda la ambientación del mundo que el zaragozano nos presenta en su novela es tan interesante como la trama en sí, con unos sucesos y unos trasfondos que por cercanos, dan quizá más miedo que la maldad del antagonista de la historia. La certeza de que nuestro sistema —la sociedad en general— está condenado al fracaso si los que nos gobiernan no hacen nada por evitarlo, provoca más fascinación al lector que todo lo demás que se cuenta en la novela.

De nuevo Valdemar da un golpe sobre la mesa y publica una novela que, más allá de que guste mucho o poco a sus lectores, al menos aboga por la calidad de su contenido en forma de originalidad, técnica, desarrollo y temática. No puedo predecir cuál será su recorrido o su éxito, pero lo que sí está muy claro es que David Jasso está situado entre uno de los cinco mejores escritores de género de nuestro país por méritos propios.

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Título: Disforia

Autor: David Jasso

Editorial: Valdemar

Páginas: 416

ISBN: 97884-7702-800-0

Precio: 24,00€

J.A. CamposDisforia, de David Jasso. Reseña

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