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¿Desea usted tomar algo más?

Recuerdo haber asistido a un cumpleaños en el que, estando todos dispuestos en una mesa larga, tocó en suerte que frente a mí se sentara un hombre extrovertido, seguro de sí mismo, un gran dominador de la escena, que yo conocía de dos conversaciones y tres comentarios y de quien tenía muy buena opinión.

Para preservar su anonimato, pongamos por caso que su nombre era Juan, que era precisamente como se llamaba.

Al principio, la calidad de los entrantes, centró toda mi atención. Los rollitos crujientes de capón y menta, las lágrimas de pollo marinado rebozadas y las patatas al horno sazonadas con pimentón picante acompañadas de unos cuencos de salsa barbacoa a la miel, convirtieron toda conversación que se cruzaba de un extremo a otro de la mesa en un murmullo repetitivo y apenas audible. Después, el primer plato tardó en salir a escena lo suficiente como para hacerme levantar la cabeza y encontrarme de bruces con el “¿qué tal todo?” de Juan.

Tenía buena opinión de Juan porque sabía que era, como yo, un asiduo lector, cosa que hoy día escasea tanto como unos entrantes de calidad en un menú cerrado (porque éstos que os he contado son, evidentemente, ficticios). Así que decidí hacer la pregunta que correspondía: “¿qué estás leyendo?”.

La cosa no podía empezar mejor: “El idiota de Dostoievsky” me dijo Juan. Y aquello fue un no parar. Mi novia, que estaba a mi lado, supo inmediatamente que me había perdido para el resto de la cena. Me habló de Marcel Proust, del propio Fiódor y de otros ilustres. Yo le recomendé a Cormac McCarthy, Robert Graves y Raymond Chandler. Le hablé de Borges, de sus Cuentos Completos que acababa de terminar de leer, de Mika Waltari y de Sinhué, que no conocía y le animé a leer. Yo no tenía freno, casi me pongo a escribir en una servilleta, como si del contrato de Messi se tratara, autores y libros por las dos caras, pero no tenía boli. En cualquier caso, sólo estaba tanteando el terreno, estaba esperando el momento propicio para sacar la artillería pesada. Ya me lo estaba imaginando, una cena discutiendo sobre Philip K. Dick, Terry Pratchett, George RR Martin, Isaac Asimov, Brandon Sanderson o Frank Herbert. Aquello podía hacerme olvidar los entrantes.

Pero antes de movilizar la caballería, con sus relucientes armaduras, espadas afiladas, con sus blasones y estandartes ondeando al gélido viento, había que mandar un explorador. Así que, mientras el camarero servía el siguiente plato, pregunté esperanzado: “¿y de fantasía y ciencia ficción?”.

Juan alzó la mirada de la hamburguesa de rabo de toro, con queso Idiazábal y rúcula, servida en pan de tomate y semillas de amapola, que nos acababan de presentar. Ladeó la cabeza como el amo que mira al perro expectante, que ansía con la lengua fuera que le lancen la pelota para ir detrás de ella como si nada más importara en la vida. Esbozó una media sonrisa y me respondió: “uy, ese tipo de novelas… las evito”.

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Mi novia, que había visto el gesto, que había oído la respuesta, temió por la vida de Juan. La hamburguesa nos la habían traído con un cuchillo de sierra para cada uno, y yo tenía el mío a mano. Recuerdo que me miró y que en sus ojos pude leer “lo siento cariño” como mensaje principal y “aléjate del cuchillo” como subliminal. Yo sólo pude hacer acopio de todo mi ánimo y, con la más falsa de todas mis sonrisas, responder “ah, vaya”.

Apreté la mano de mi novia, que me devolvió el gesto con cariño. Bajé la cabeza hacia el plato, haciendo ver al resto de comensales que a Juan, si querían, se lo podían llevar, y miré mi hamburguesa pensando “espero que tú tengas algo más que ofrecerme”. Y así fue, la verdad sea dicha.

Tratandose de evitación, todos somos muy particulares. Llamadme tiquismiquis, pero yo suelo evitar los descampados de madrugada, las jeringuillas usadas tiradas entre contenedores y a la gente que lleva mocasines y calcetines blancos. Pero oye, que es cosa mía, cada cual que evite lo que quiera.

A lo largo de los años, la escena se ha repetido en infinidad de ocasiones. Con personas a las que aún considero muy autorizadas y otras a las que no tanto. Todos te miran con la misma expresión, una mezcla de miedo y pena que nunca comprenderé. Pero, no me malinterpretéis, no me causa la menor aflicción. Por mí, pudiera venir una riada que se los llevara a tod… Digo, por mí, que ellos eviten lo que quieran. Que llamen a Stephen King “peliculero” o que digan “Philip K. qué?”.

Que yo he venido aquí a hablar de los entrantes.

En este maravilloso mundo de la literatura de fantasía y ciencia ficción al que orgullosamente pertenecemos, todos entramos de alguna manera especial, que siempre recordamos y contamos cuando tenemos la más mínima ocasión. Siendo algo tan parecido a “El Mundo de las Maravillas” de Lewis Carroll, todos tenemos un Conejo Blanco que, por azar o no, apareció en nuestras vidas para vernos caer después por la madriguera.

Creo que no me equivoco si digo que, para muchos, esas entradas fueron JRR Tolkien para unas generaciones, JK Rowling para otras, y hoy, George RR Martin para todos, sin distinción de edad. Todos hemos experimentado antes o después la caída hacia Wonderland. Algunos, como Juan, salieron espantados. Otros entramos corriendo a experimentar, a buscar y a descubrir. Y los hay, por último, que se quedan en los entrantes.

Imaginaos, le acaban de regalar Juego de Tronos, o ha perdido la apuesta para leerlo, o ha visto la serie de la HBO y quiere más. Y tímidamente va pasando las páginas, encariñándose con los personajes, asistiendo a sus funerales, etcétera. O se descubre a sí mismo pensando a qué casa le endosaría el Sombrero Seleccionador, qué pinta tendría su varita o qué asignatura se le daría mejor en Hogwarts. O hace chistes de orcos y anillos únicos. O con motivo del 21 de Octubre de 2015 y el #backtothefutureday han visto por primera vez Regreso al Futuro (para los que hubieran estado los últimos 30 años encerrados en una cueva). O se declaran fans de Star Wars y exhiben a sus hijos como prueba (porque los han llamado Luke o Leia; o Chewie si es poco agraciado). Han quedado absolutamente maravillados por su primera toma de contacto con el género. Se han comprado camisetas, tazas, Blu Rays y deuvedeses. Tienen el DeLorean a escala 1:16. Han coleccionado las sagas, en tapa dura, en rústica y en pan de oro. Las han recomendado, las han transmitido a viva voz. Han creado perfiles de Tumblr, Instagram, grupos de Facebook. Se han cambiado sus nicks y avatares en Twitter. Se han disfrazado. Han pasado horas discutiendo sobre los viajes en el tiempo. Han hecho interminables colas para una firma y han preguntado a punta de pistola que “¡¿cuánto falta para Vientos de Invierno que Martin está muy mayor?!”.

Pero luego, en plena madriguera, han mirado hacia lo que hay delante, hacia lo que les espera, y se han dado la vuelta. Es el síndrome del entrante.

No nos confundamos. Nosotros, como ellos, también tenemos las tazas, los Blu Rays y los posters. Los libros firmados, los nicks y los disfraces. Podemos, también, discutir, durante horas, con ellos sobre el origen de Jon Nieve, Azhor Ahai o la dieta de Martin. Nosotros también podemos criticar 50 Sombras de Grey. Todo eso está muy bien.

Pero nosotros estamos tan locos como el Sombrerero. Somos especiales, ya lo sabemos. Nosotros estamos absolutamente perdidos dentro del mundo al que invitamos a la gente a descubrir. Cada vez más adentrados en un laberinto en el que no hay ni rastro del camino de vuelta; y total, para lo que nos iba a servir. Y por eso, cuando hemos agotado las candidatas de madre de Jon Nieve, les miramos, a los del síndrome del entrante, y preguntamos: “¿y has leído el último de Sanderson?” o lo que cada uno quiera preguntar.

Y es entonces cuando no lo vemos venir. Cuando el que dice que Jon no puede ser hijo de Eddard, ladea la cabeza, te mira con esa cara de “qué tío más raro”, un ojo proyectando lástima, el otro proyectando repelús, se ríe con nerviosismo, te responde que “no” y pide la cuenta. Cuando sólo estabais con las bravas y la cerveza y no habíais pedido el primer plato aún.

Ellos seguirán elucubrando sobre si en realidad es verdaderamente Draco Malfoy el héroe de la saga y Dumbledore el villano, verán doscientas veces las mismas películas, se sabrán de memoria la genealogía de la Casa Targaryen y escribirán ensayos sobre teorías conspiracionistas en Poniente. A ellos les habrá gustado el Silmarillion. Seguirán encerrados en su zona de confort tan reducida esperando tranquilamente el próximo libro, el próximo ensayo o la enésima adaptación. Se quedarán en la puerta o saldrán de la madriguera pero nunca se adentrarán más allá. Se irán en los entrantes y se perderán lo realmente bueno. Precisamente porque no se atreven a entrar. Porque tienen los mismos prejuicios que Juan. Porque piensan que la fantasía y, sobre todo la ciencia ficción, desprende un tufillo que se te pega y te acompaña el resto de tun vida (lo cual es cierto, pero huele de maravilla).

Han tenido que alzar la voz escritores como Ursula K. Le Guin o Patrick Rothfuss para defender la literatura que amamos. Para recordarnos que Shakespeare escribió obras de teatro con fantasmas, que Homero contó las desventuras de un griego que luchó contra sirenas, un cíclope y la ira del dios del mar y venció, que hay fantasía hasta en el Antiguo Testamento. Por tanto, qué es la fantasía sino la respuesta a las preguntas que el hombre se hace mirando las estrellas. ¿Qué hay más antiguo que eso? ¿No es acaso la más antigua de las críticas a la sociedad? Es una de las primeras manifestaciones de las ansias de cambio y evolución del hombre. La búsqueda del consuelo de la mente es un reflejo del inconformismo con lo terrenal, lo cotidiano. Que Dios asole la tierra con un diluvio para producir un “reinicio” es una evidente crítica al estado de cosas existente. ¿Qué son 1984 o Fahrenheit 451 sino un alarmante aviso premonitorio, una enorme crítica social?

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Mapa para saber qué leer en Ciencia Ficción y Fantasía

La fantasía es tan antigua como nosotros, existirá allí donde viva el hombre y además, es la base sobre la que se asienta toda nuestra literatura moderna. No es un fallo o una desviación del sistema. Es su máximo exponente, su mayor baza, su magnum opus. Dijo Rothfuss que negar las raíces fantásticas de la literatura supone podar tanto que uno acaba marchito y muerto. Quizá hoy más que nunca necesitemos la fantasía y la ciencia ficción no sólo para evadirnos, no sólo para huir por la madriguera, sino también para mirar más allá, mirar a pasado mañana, imaginar mundos mejores, realizables o no; plasmar nuestras ansias de evolucionar en historias que, con un poco de suerte, abran la mente de las personas adecuadas, aquellas en quienes reside la responsabilidad de construir un futuro mejor.

Nosotros tenemos un orgullo particular como aficionados, nos sentimos encantados de invitar a la gente a compartir nuestros gustos. Tenemos siempre la tentación de crear nuevos adeptos, nuevos drogodependientes adictos al jaunteo, al Cosmere o la melange. Queremos dar a conocer Fundación, Terramar o La Torre Oscura. Y si algo somos es pesados, por eso siempre seguiremos haciendo las mismas preguntas, por eso da igual que te levantes en los entrantes, la silla no se queda vacía, sino disponible para aquel que quiera ocuparla.

Jesús Lleonart

Imagen destacada Sy Gardner

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